En mi segundo año de universidad, empecé a enfermar y mi madre temía que fuera cáncer.

Fui a muchos médicos, pero nadie pudo decirme qué me pasaba. Después de miles de dólares en pruebas de diagnóstico, me diagnosticaron el síndrome del intestino irritable y me dijeron que me fuera a casa a beber más agua y a comer más fibra.

Así que fui a casa y compré una gran bolsa de ciruelas y empecé a comer...

No sirvió de nada.

Un día estuve tan mal que el dolor era insoportable. Estaba tumbada en la cama y apenas podía moverme; el mero hecho de moverme me apretaba tanto el estómago que vomitaba y, a continuación (para que os hagáis una idea de cómo era esto), vomitaba y vomitaba en seco durante horas hasta que estaba tan deshidratada que quedaba exhausta y esto me dejaba fuera de combate durante 2 o 3 días.

¿Has sentido alguna vez que ibas a morir? Estaba muy angustiada, sentía que iba a morir y estos episodios habían estado sucediendo con tanta frecuencia y tan a menudo que estaba desesperada.

En mi infancia, había oído la historia de un santo que había rezado a Dios en su lecho de muerte y había prometido que dedicaría su vida a Dios si éste le curaba. Y pensé que tal vez eso podría funcionar para mí.

Le pedí a Dios con toda mi intención, con cada gramo de mi ser; no me guardé nada. Dije: "Si me muestras el camino, haré lo que sea necesario. Haré lo que tú quieras que haga. Si me curas, te dedicaré mi vida".

Dios respondió a mi oración. Pero no fue lo que yo esperaba o cómo pensé que lo haría...

Próximo paso: Dios responde a mi oración